NO ME HAGAS RECORDAR

Publicado en por FRANKO SERVÁN

El vuelo del Halcón

En mi niñez  todo era felicidad, creo que fue mi mejor época, tenia mil amigos, a mis padres  y el lugar donde vivía solo lo encontrabas en un cuento de hadas, eran los años 80's y ahí no habia terrorismo, inflación,  dólar muc, nada de eso.

Nunca tuve problema con alguien, mis días transcurrían entre pichangas en la cuadra, jugando el cachaco y el ladrón en toda una manzana, las escondidas en mi huerta, donde el que tenía el castigo de buscar, lo iba hacer toda la noche o hasta que nuestras mamás nos llamasen a cenar; ya que aquel lugar era  poco menos que una jungla.

Pasaba ahí los 9 meses de clases y en vacaciones siempre enrumbaba en un viaje a Lima, era para visitar a mi abuela, lo cual me agradaba mucho, siempre esperaba el verano para poder  verla, porque ella es lo máximo.

Disfrutaba tanto estar a su lado que en uno de tantos viajes me quede a vivir un año y sufrí mucho cuando me regresaron,  todavía era muy pequeño,  pero cuenta mi madre que lloraba sentado en la puerta de la casa, esperando que pase el Olano, para que me lleve otra vez donde mi pequeña Lulú (así llamaba a mi abuela cuando era un niño)

Lima con el correr de los años se volvía en  mundo nuevo por descubrir, ya no solo era por estar con mi abuela, si no por la playa, los helados  D’Onofrio y sobre todo los dibujos animados, esperaba  9 meses para por fin estar  frente al televisor  y escuchar:

-En Lugar muy distante de aquí, el planeta Nuevo Texas se encontraba en problemas, los habitantes estaban oprimidos por seres malvados que les robaban el “Querium” el metal más preciado del universo. Hasta que un día, un hombre dotado con vista de halcón, fuerza de oso, agilidad de puma y oído de lobo llegó para acabar con la opresión, este campeón de la justicia se llama “BRAVESTAR”.

Era un dibujo animado que simplemente me fascinaba y no solo él,  también estaba el Inspector Gadget, Los Osos Gummi, Los Dinoplativolos, La Familia Meñique, los Transformers o los Go- bots,  uno tras de otro era algo difícil de superar, en Chacha solo veíamos el canal del estado, que tenia buenos dibujos japoneses pero eran pocos y ya había visto todos los capítulos.

 Pero Lima eran solo las vacaciones, tres o cuatro meses eran suficientes, como dicen: “La tierra jala”, en algún momento sentía la impetuosa necesidad de volver a estar en mi barrio, jugar con mis amigos, ver a mis padres  y comer mi locro de frejol con col.

 Pero un día del verano de 1993, mientras estaba sentado en el patio de la casa de la pequeña Lulú, con la única idea de volver a Chachapoyas y empezar un año más de clases en el colegio Seminario, pasó algo que no estaba para nada en mis planes.

Tocan el timbre, estoy cerca a la puerta así que salgo a echar un vistazo. Para sorpresa mía son mis padres (mientras abro la puerta de vidrio con adornos de acero retorcidos color negro, pienso ¿Por qué mis padres vinieron cuando faltaban solo días para volver?)

La respuesta se debelaría pronto, ellos no están ahí para llevarnos a Chachapoyas, la noticia es como un baldazo de agua fría, ¡están ahí para quedarse!

-¿Cómo? ¿Para quedarnos?

-¿Porqué?

-¿Qué pasó?

Es sencillo, toda la culpa la tiene un pequeño hombrecillo, que se paseaba en un tractor, al que todo el mundo le decía “Chino” (aunque mucho después nos enteramos que era japonés). Privatizo el banco donde trabajaba mi padre y por supuesto luego fue cerrado, dejándolo sin el trabajo que tenía desde hace 19 años.

Años después, muchos llegaron a detestar a dicho hombrecillo por cosas más graves. Yo lo odio hasta ahora y no solo a él, a su hija la gordita, a la otra con nombre de snack de queso, al hijo que adora a su perro, al hijo que no conozco y hasta a sus yernos extranjeros que visten o vestirán camisetas anaranjadas, bailando descompasadamente (guataracos para los de mi tierra) sobre un estrado en cualquier pueblo joven de la capital, los odio solo por ese hecho en particular.

Porque no solo sacó a mi padre de su trabajo, nos saco de nuestro lugar de nacimiento, lo que es peor sin despedirme de mis amigos, sin traer mi cajeta y sin decirle a la chica que quiero justamente eso “que la quiero”, puede parecer poco pero a los 15 años tu mundo se derrumba.

Recuerdo escuchar a mi papá:

-No se preocupen en unas semanas todo se arreglara y volveremos.

Pasaron exactamente 104 semanas para volver. En ese tiempo todo cambio, la vida era otra, ya no eran  vacaciones, habían nuevos amigos, nuevos enemigos (que más que eso eran los primeros), nuevo colegio, nueva forma de movilizarse, nuevos miedos, nuevos paisajes, todo era flamante menos el odio por  aquel  chino que dijo ser peruano pero resulto ser japonés.

Lo más chocante fue el colegio, lo primero las dimensiones. Esta nueva segunda casa eran 3 veces más grande que la anterior, lo que significa mucha más gente, que a su vez significa el triple de problemas. En lima la gente es  “achorada”, son más pendencieros, siempre agarran de punto al nuevo, pero en el Callao… en el Callao…

Ahí… ¡es el doble! Justo en el primer puerto es donde está mi nuevo colegio. Me joden por como hablo, camino, pienso, hasta mi look. Pasan meses y no hay un solo recreo donde una bronca no deje huellas en mi uniforme o mi cuerpo.   No soy cojudo, mucho menos huevón.

-¡Oe! ¡Charapa! muestra una flecha pe.

-Trae a tu hermana le muestro una lanza.

…Y bronca

-¡Oe! ¡Boa! ¿En dónde dejaste a tu mono?

-Se fue con tu mamá… zambito

…Y bronca

Tuvieron que pasar muchos días para que dejen de molestarme, quizás porque se aburrieron de las mismas bromas, porque no había más chapas(apodos), quizás por respeto  o como yo lo veo, desde que por fin pude jugar al futbol con ellos.

También  tuve que liar con el hecho de estar en un colegio mixto, aunque era de lo poco que me encantaba de esta nueva vida, mujeres por todos  lados, gringas, morenas, flacas, gordas, desarrolladas, planas, con los tirantes sueltos y la faldas muy levantadas. Hasta ese momento mi círculo de amistades femeninas se resumía a mis primas y sus amigas, amigas que se vestían con la falda hasta los tobillos, con chompas enormes, chicas que en un día caluroso, se zambullían en la piscina con polo y pantalonetas de educación física.

Así que por ese lado está bien, lo malo era que no tenia cancha, estaba  novicio en el tema, me resultaba difícil entablar una conversación. Es que de donde venía el único lugar donde estar junto a tanta mujer solo era en una fiesta,  en una sala enorme que se matizaban al empezar una canción con una fila de mujeres que tenia  en frente otra, la de varones.
Entre fila y fila había un espacio tan sincronizado y exacto que pareciera trabajo de algún matemático, bailaban sin conversar, mirando al techo y con el mismo paso, terminaba la canción y todos a sus lugares, el grupo de varones por un lado, el de mujeres al sitio opuesto(Juntos pero no revueltos) Solo los osados se atrevían a obsequiar a la chica que le quita el habla, un pedazo de serpentina, donde estaban impresos pequeños pensamientos, salidos desde lo más profundo del alma de un enamorado.

“Juntos los dos”… “Nuestro idioma es el amor”… “Estas hecha para mí”…

Ella solo sonreía, en el peor de los casos también te entregaba otro pedazo de serpentina, a modo de respuesta

“No te equivoques…solo amigos”

En el Callao ¡No! a la primera te sacan a bailar salsa (si no aprendes a bailarla, tu vida social se acaba) bailas reggae entrelazado hasta el suelo, por la Sarita que todos se juntan y hasta se revuelven.

 Para ir al colegio, era una travesía digna de documentar en Discovery Channel, las combis recién empezaban a circular, por lo que eran pocas, lo que hacía que fueran caras, por lo menos para los escolares.

La primera vez que fui al paradero a esperar el micro que me lleve, estuve media hora parado y no porque no pasará, si no porque no paraban para subir. Ningún maldito chofer se dignaba a parar y llevarme a mi centro de estudios, es por eso que en la capital tirarse la pera es tan popular, ¿no te quieren llevar¿ ¿Qué haces? Te vas a la playa.

Cuando logré subir a uno, estaba repleto de escolares, estaba parado al final del pasadizo, observando a todos y me doy cuenta de por qué no nos quieren subir, somos una plaga, decenas de chibolos que gritan, lanzan lisuras a diestra y siniestra, se empujan, fastidian a los demás pasajeros, los incomodan, agarran de su cholito al cobrador y para colmo llegamos al paradero donde tenemos que bajar, se escucha una voz:

-¡Abre atrás!

El cobrador baja por la parte de adelante totalmente iluso, con la mano extendida para recibir los 20 céntimos de cada uno de los alumnos, la puerta empieza a abrirse cuando de un porrazo bajan todos, como estampida - ¡he! – pasan por encima del cobrador, todos corren, por supuesto que  también yo, nadie le da pero ni las gracias, con tales joyitas quien en su sano juicio te abriría las puertas.

Pero el ser humano es amoldable, con el pasar de los días me voy sintiendo parte de ellos, me empieza a gustar el trajín, hago muy buenos amigos, que poco a poco hacen disminuir el dolor y la pena que significaba estar lejos de Chachapoyas, esta era ahora mi casa.

Al cabo de dos años conozco y ando solo por las calles del Callao, me conocen en muchos barrios, ya no me dicen charapa o huambrillo, ahora soy Franko, en el colegio conozco a todo el mundo, juego fútbol  en la selección y en un club del puerto. De Chachapoyas solo veo a mi mejor amigo Marco, cuando viene en vacaciones, es el encargado de darme las noticias de allá, pues en ese tiempo el único que tenía celular era Zack Morris, no hay messenger, e-mail, facebook ni twitter.

En este tiempo aprendí a querer  Lima, me gusta el Callao, me gusta mi colegio, mi club, mis amigos, una chica llamada Jahayda que por cierto no me da ni cuarto de pelota, pero no importa, algún día lo hará.

En febrero de 1995 fui a Chile a jugar un campeonato, estamos en la fase final y falta poco para regresar, llamo a mi madre para darle la fecha exacta de mi regreso, hablamos de todo un poco hasta que suelta  una noticia por demás perturbadora, mi padre había vuelto a trabajar a Chachapoyas y en cuanto llegue a Lima saldríamos para allá, porque muy pronto empezaran las clases y quieren saber si es que decido quedarme en Lima o terminar de estudiar en Chacha.

- ¿Sera otra vez culpa del chino? Que a esas alturas ya era dueño del País.

Por lo menos esta vez me dan la posibilidad de decidir, lo cual hace todo más difícil, no sabía si alegrarme o apenarme ya habían pasado muchas cosas, era volver a empezar, miles de cosas pasan por mi mente, otra vez dejar todo que con tanto esfuerzo había logrado, pero por otro lado volver a ver a mis amigos de siempre ¿Cómo estarán? ¿Se acordarán de mí? ¿Qué de nuevo habrá en la ciudad? Solo hay una forma de saberlo…

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post

MARTIN AQUINO 01/17/2012 23:49

Sanito... me gusto tu historia.
Quieres ir a buscar al Chino que resulto japones jajajaja